Historia de un príncipe valiente

La figura del Duque de Aosta como Virrey de Etiopía siguió las huellas gloriosas de la dinastía de Saboya. Su nombre fue una prolongación de la lista interminable de los héroes de su familia, inigualable en toda Europa, por poseer tan gran cantidad de casos sublimes en proezas, en política y aún en religión.

Su abuelo, Don Amadeo de Saboya, fue breve tiempo rey de España; su tío, el Duque de los Abruzzos, fue un genial explorador, cuya intrepidez nos es conocida por sus exploraciones en África y sus importantes descubrimientos; su padre, el Duque Manuel Filiberto, fue nombrado general en jefe del tercer Ejército en la Gran Guerra, libró las famosas batallas de Carso y se distinguió por su ímpetu y serenidad en todas las ocasiones. Todas estas cualidades de los predecesores de Amadeo de Saboya, virrey de Etiopía, parecen haberse congregado en él para convertirlo en un héroe del pueblo italiano.

Su vida fue sumamente agitada y llena de complicaciones: aventurera e interesante en cada uno de sus momentos y cuajada de peligro en casi todos ellos. Su infancia nos es desconocida, pero podemos deducirla perfectamente conociendo la Italia de primeros de siglo, con sus dos grandes descubrimientos: la telegrafía sin hilos y el aeroplano. Ya entonces el pequeño príncipe mostraba gran inclinación por la mecánica y sus secretos, y parecía querer indicar que ello constituiría en el futuro una de sus grandes ocupaciones.

Otra de sus obsesiones de chiquillo fue África, de la que su madre, incansable viajera y exploradora, le contaba cosas maravillosas, que él adornaba más aún con los tesoros de su imaginación infantil.

A los nueve años ingresó en un colegio inglés; pero, lejos de su patria, el muchacho estudió poco y mal, sintiendo la nostalgia del cielo purísimo de Nápoles y de las aguas del golfo, cuyo murmullo tan bien conocía. Únicamente se dedicó a, los deportes, de los que era entusiasta acérrimo, y logró aprender a jugar al fútbol y a introducirse en los secretos del boxeo.

Poco después volvió a Italia, y en el colegio de la Nunziatella se instruyó en la disciplina militar, mientras seguía los cursos de estudios clásicos. Era por entonces un muchacho rubio, exageradamente alto para su edad, con unos ojos claros, de mirada limpia y penetrante, y una eterna sonrisa de franqueza jugueteando en los labios. Continuaba practicando el deporte en todas sus facetas, pero sobre todo le agradaba cabalgar. También la lectura constituyó uno de sus deleites favoritos, y en, este punto el libro que mayor impresión le produjo y del que siempre guardó un buen recuerdo fue Orlando Furioso.

Sus estudios resultaron brillantes, y, como premio a las calificaciones obtenidas, pidió a su padre que le acompañara a visitar las grandes fábricas y los mejores establecimientos industriales de Italia, para conocer más a fondo y de cerca las máquinas que tanto le interesaban.

Sobrevino entonces la intervención de Italia en la guerra, acontecimiento -que debía renovar, en 1915 la historia de su patria, y el príncipe, a pesar de su temprana edad, ya que sólo contaba poco más de dieciséis años, no pudo permanecer inactivo ante el peligro de la situación. Elevó una solicitud al Rey, su tío, pidiendo ser alistado en el ejército, y, teniendo en cuenta su estatura y su fuerte constitución física, se le concedió lo que tanto deseaba. Así, pudo marchar al frente, con el grado de cabo.

Allí se portó siempre dignamente, sin consentir ninguna de las comodidades que su titulo de Príncipe podía proporcionarle, antes bien prefirió figurar como un soldado más en el ejército.

A los diecisiete años pasó al 34 Regimiento de Artillería de Campaña, donde todos los soldados, más viejos que él, le miraban con cierta timidez, que él procuraba siempre desvanecer con una simpática sonrisa, debido a su extraordinaria estatura. Por este motivo se le llamaba cariñosamente “el aspirante sonriente”.

Poco despues, fue ascendido a subteniente, y sucesivamente, por méritos de guerra, a teniente y capitán. Aún en las ocasiones de mayor peligro, demostró una calma incomparable y una sangre fría que le ayudaron favorablemente en su cometido. Nunca se desanimó ante las adversidades, sino que, por el contrario, procuró derramar a su alrededor la alegría siempre viva de sus diecisiete años. Animado, en fin, de fe inquebrantable, luchó en el Carso, en el valle del Astico, en el Congio y en Monte Sei Busi, donde, por el valor demostrado, se le concedió la medalla de cobre.

En cierta ocasión, luchando en el Debeli, cuando las baterías del 34 recibieron la orden de emprender la retirada para no acabar destruidas por el enemigo, él, al frente de la suya, solicitó ser el último en abandonar el lugar. El coronel le tuvo que conceder tal distinción, así como la medalla de plata por los méritos contraídos durante la lucha. Pero, a pesar de la retirada, su fe no vaciló ni un sólo instante, y, en un parte dirigido a sus oficiales, les prometía que volverían muy pronto y que irían más adelante aún.

Una vez terminada la guerra, el Duque de Aosta vuelve de nuevo a la vida civil, pero no se halla a gusto entre una sociedad que le parece ociosa y una etiqueta en la que hay más afectación que realidad. Tiene entonces veinte años, y su sangre joven arde en deseos de conocer la meta de sus fantasías infantiles: Africa. Su tío, el explorador audaz de Alaska, del Polo y del Ruwenzori, preparaba por entonces una expedición para remontar de nuevo el curso del río Uebi Scebeli. A ella se une su sobrino, y así tiene ocasión de vestir por vez primera el equipo de explorador. Participa alegremente en esta expedición con el optimismo del que va a descubrir cosas ignoradas; afronta valientemente los peligros y sufre, durante seis meses, en Banadir, el rigor del sol ecuatorial. La expedición se termina y la caravana se disuelve; pero Amadeo de Saboya no quiere todavía abandonar aquella tierra que parece maravillosa y se interna en África, completamente solo, para conocer tierras vírgenes y aprender la lucha de los que tienen que vivir en continuo contacto con la Naturaleza. En Zanzibar sufre durante algún tiempo las fiebres malarias, pero su recia constitución triunfa de la crisis y prosigue su viaje hasta el Cabo de Buena Esperanza.

Después de esta larga ausencia, vuelve a Italia, donde se decide a terminar la carrera de leyes, ya empezada en otra ocasión. Consigue el doctorado, y, apenas en posesión del titulo, desaparece de su patria sin que nadie sepa su destino y el fin que persigue.

Su carácter emprendedor y su afán de conocer le sugieren la idea de probar la vida de los que nacen sin suerte, sin títulos ni riquezas, y, para ello, se embarca con el nombre de Cisterna, que es el del palacio de los Aostas, rumbo al Congo. Se detiene en Stanleyville, en donde solicita una plaza de obrero en una fábrica de jabones. En este trabajo pone bien pronto de relieve los caracteres de disciplina y obediencia que aprendió en el ejército, porque si en él, se mostró como un excelente soldado, en la fábrica se porta como uno de los mejores obreros, por su puntualidad, su celo y su perfección en el trabajo encomendado.

Todos le respetan y todos le quieren, y a menudo se preguntan cuál habrá sido la vida anterior del muchacho. Sin embargo, él no habla nunca de ello, y deja que en todas partes se le conozca simplemente por “el señor Cisterna” un joven educadísimo, que habla a la perfección el inglés, el español y el francés, además de algunos dialectos indígenas. A los trece meses pasa a ser vicedirector de la fábrica, y parece que éste era el único fin que perseguía, puesto que, una vez conseguido el cargo, se despide y abandona su empleo de manera tan misteriosa como cuando se decidió a tomarlo. Regresa a Europa por el camino más largo, pasando por los grandes lagos Tanganika y Victoria, y se detiene en las plantaciones y minas, donde encuentra compatriotas con quienes hablar de Italia.

Se estaba formando entonces un nuevo cuerpo en Africa: el de los moharistas. Amadeo de Saboya pide que se le destine a Libia, en donde por vez primera podrá ponerse en contacto con los legendarios soldados del Sahara, que reclutan sus gentes entre los más diversos y lejanos oasis. El recuerdo de los relatos de su madre hace más vivo su deseo y parte de nuevo al África; pero esta vez lleva una misión más dura y, por lo mismo, más importante. Sabiendo que, para andar por el desierto todo equipaje estorba, se resuelve a prescindir una vez más de toda comodidad y bienestar, para considerarse como uno más de aquellos intrépidos soldados, tostados por el sol, que él dirige. Como no siempre están de operaciones, le quedan muchas horas libres que aprovecha para leer libros de política y filosofía, temas que captan toda su atención y preferencias. Y así, llegan luego las grandes marchas de centenares de kilómetros, siempre hacia el sur, hasta encontrar el verdadero desierto del Sahara.

En 1926, nombrado inspector de las fuerzas saharianas, se prepara para la gran obra de su organización, que pudo realizar en gran parte.

En uno de los viajes que frecuentemente efectúa a Turín, conoce al entonces as de la aviación Arturo Ferrarin, que proyecta grandes empresas con nuevos modelos de aviones y se dedica a adiestrar nuevos pilotos. Los dos hombres se comprenden, y surge entre ellos una excelente amistad. Amadeo de Saboya se entusiasma por la aviación y decide hacerse piloto en cuanto termine su actuación en África. Pero antes quiere probar el peligro de hallarse en los aires haciendo mil piruetas. Solicita de Ferrarin que le lleve en su avión como pasajero y -que ejecute las más difíciles acrobacias. Ferrarin intenta disuadirle, convencido de lo peligroso de su deseo, pero el príncipe es hombre firme en sus aspiraciones, y tiene que ceder y empezar en el aire el terrible mariposeo. Al aterrizar, el piloto se halla ante un príncipe sonriente que, llamándolo por su apodo, le dice: “Estoy muy satisfecho, Moro; me gusta la aviación”.

Vuelve de nuevo a Trípoli y con sus tropas saharinas avanza cada vez más al Sur y más lejos de la civilización, hasta que tiene efecto la acción más importante de cuantas se han llevado a cabo hasta entonces. Después de una marcha de dos mil kilómetros, llegan a la victoria de la batalla de Bir Tagrif y, habiendo alcanzado la región de Gasr Bu Hadi, alinea Amadeo de Saboya el más pintoresco ejército de cuantos puedan haber cruzado el desierto, formado por eritreos, bereberes, rabes y otros muchos pueblos, montados en sus típicos camellos y seguidos de algunos a pie. Con bastante facilidad van dominándose las regiones desiertas, hasta que, finalmente, se llega a la gran victoria, en la que, rota la resistencia enemiga, el príncipe manda izar sobre Ueddan la bandera italiana.

De nuevo regresa a Italia y, bajo las enseñanzas de Arturo Ferrarin, alcanza el titulo de piloto aviador. Sin embargo, no es este motivo suficiente para alejarle de sus tropas africanas, y vuelve a Libia. Mas, esta vez no viaja solo, sino acompañado de su esposa Ana de Guisa, con quien había contraído matrimonio durante su estancia en Italia.

Mientras Amadeo de Saboya se entrega a las grandes tareas que debe llevar a feliz término con su ejército africano, su esposa se hace enfermera de la Cruz Roja y cuida de los heridos. Pero, a partir de entonces, los aviadores pueden contar en sus filas al príncipe, a quien en breve tiempo se le conceden diversos grados y cargos de importancia: comandante de la escuadra de reconocimiento, comandante de la escuadra cuarta de caza terrestre, comandante de la tercera brigada aérea en Gorizia y, finalmente, comandante de la primera división “Aquila”.

Entre tanto había sido padre de dos hermosas niñas -María Cristina y Margarita- que ponían una nota de color y alegría en su hogar y hacían que su carácter se conservara jovial y alegre como siempre.

En 1937, nombrado virrey de Etiopía, marcha a Addis-Abeba para hacerse cargo del gobierno civil y militar, que se hallaba entonces en momentos muy delicados. Contaba a la sazón Amadeo de Saboya treinta y nueve años, y su figura tenía una postura más firme que nunca; sus músculos, en pleno auge de vigor, eran tan el fuertes como en su adolescencia y su carácter había acabado de cristalizar, dándole una acusada personalidad.

Inmediatamente se hizo cargo de la situación y comprendió que, en caso de un conflicto europeo, Etiopía seria una de las zonas más expuestas al peligro. Lo quiso prever todo y empezó con gran actividad la reorganización del país, trabajando días enteros sin descanso de ninguna clase y preocupándose ante todo en procurar la felicidad de sus súbditos. Cuando ya conseguía sus propósitos, estalló el conflicto europeo con la entrada de Italia en la guerra, y con él vino el desastre de Amba-Alagi, de donde no volvió jamás. Murió cautivo por Italia y por sus posesiones en la misma África que tanto había sugestionado su imaginación, todavía joven y todavía arrogante.

Después de once meses de lucha encarnizada y desigual, lejos de su patria, rodeado completamente por un enemigo superior en todos los aspectos, fue asediado en Amba-Alagi. En su defensa demostró una vez más sus magnificas condiciones de jefe y sin igual serenidad, resistiendo con un grupo de valientes y haciendo esfuerzos titánicos y sobrehumanos, que provocaron la admiración de todos. Finalmente, tuvo que rendirse, y al poco tiempo murió, en el cautiverio, con una muerte heroica y ejemplar como toda su vida, que le señala como un verdadero descendiente de la estirpe de los Saboya. A su muerte, se le concedió la insignia de los héroes: la Medalla de Oro.

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