El desastre del Hindenburg

Con palabras calmas y frías, el locutor de radio Herben Morrison estaba grabando su crónica acerca de la llegada del Hindenburg, la gigantesca aeronave zepelín, mientras ésta avanzaba hacia la torre de amarre, en la estación naval de Lakehurst, en Nueva Jersey. Morrison sabia que existían pocas posibilidades de que su crónica fuera transmitida por radio; después de todo, se trataba sólo de un vuelo de rutina y no habla nadie famoso a bordo de la nave.

-Ya han sido lanzadas las cuerdas, que ahora están en poder de los numerosos hombres que trabajan en el campo de aterrizaje -dijo Morrison- Los motores traseros de la nave le retienen lo suficiente para mantenerla…

Entonces, de pronto, la suave voz del locutor se quebró en un grito: ¡Se está incendiando!

Primero hubo una detonación; luego apareció un pequeño parpadeo de fuego, en la parte posterior del gigantesco globo de gas, que eso era el Hindenburg. Luego estalló una especie de cortina de fuego incandescente que se extendió de golpe a toda la aeronave. Las palabras de Morrison se convirtieron en un balbuceo incoherente, mientras se dejaba caer sentado, impotente, a contemplar la catástrofe que se desarrollaba ante sus ojos.

-Esto es terrible… Las llamas se elevan 150 metros hacia el cielo… Está todo cubierto de humo y de fuego… Y ahora, esos pasajeros…

Desde la nave en llamas comenzaron a caer figuras empequeñecidas por la distancia, mientras Morrison sollozaba:

-Voy a colocarme en un sitio desde donde pueda verlo todo. Yo…, yo… amigos, voy a tener que suspender mi grabación durante un momento. Esto es lo más horrible que yo haya presenciado nunca. Es una de las peores catástrofes del mundo.

Cuando Morrison reanudó su grabación, apenas unos segundos más tarde, el desastre estaba virtualmente consumado. La aeronave, que constituía el orgullo de la Alemania de Hitler, era ya una masa de escombros incandescentes.

Era el 6 de mayo de 1937; hasta entonces, el Hindenburg era conocido como la mayor aeronave que se hubiese construido nunca, y al mismo tiempo como la más segura. Con imperturbable regularidad, la nave se había abierto paso a través de las lluvias, las tormentas y la niebla a lo largo de todo el Atlántico. Medía 252 metros de largo, 38 metros de alto y transportaba en su vientre (debajo de casi 2 128 000 metros cúbicos de hidrógeno altamente inflamable)con lujoso confort, a 35 pasajeros.

El Hindenburg habla terminado por convencer al mundo sobre su seguridad, después de anteriores desastres sufridos por aeronaves norteamericanas y británicas; con el Hindenburg, se decía, la era de los viajes en aeronave se abría definitivamente y estaba destinada a perdurar. El ingenio y la eficacia de los alemanes habían superado todos los peligros.

Emst Lehmann, primer comandante, viajaba en la nave como ayudante del capitán, Max Pruss; charlando con un pasajero, le dijo: “No se preocupe usted, amigo. Los zepelines nunca tienen accidentes”. Y el mayor Steward Howard Kubis le dijo a otro de los viajeros: “Nosotros, los alemanes, no bromeamos con el hidrógeno.”

Las medidas de seguridad eran estrictas. A los pasajeros les fueron confiscadas las cerillas y los encendedores en el momento de subir a bordo de la nave. Las pasarelas de acceso fueron cubiertas con goma, a fin de evitar que se produjera alguna chispa; los tripulantes que trabajaban en reas potencialmente peligrosas usaban botas de fieltro y trajes de asbesto desprovistos de broches metálicos. Además, la presión del aire en los camarotes era suficiente para expeler cualquier escape de hidrógeno.

Alrededor de las 4 de la tarde, el Hindenburg se acercó por primera vez a Lakehurst; pero a Pruss no le gustó el aspecto que presentaban algunos nubarrones oscuros, de tormenta, y fiel a la tradición del zepelín de no correr ningún riesgo innecesario decidió postergar el aterrizaje. Dos horas después, las nubes de tormenta se habían disipado y en la nave comenzaron los preparativos para lo que, en principio, se presentaba como un aterrizaje de rutina. Incluso se devolvieron a los pasajeros sus encendedores y cerillas. El oficial radiooperador Willy Speck alcanzó a comunicar al Graf Zeppelin, la nave hermana del Hindenburg, que el aterrizaje se habla realizado sin novedad. Entonces fue cuando se produjo el desastre.

Pruss se mantuvo ante los controles hasta que la cabina tocó tierra; estaba malherido, pero no de manera tan grave como Lehmann, a quien encontraron luego entre los escombros murmurando una y otra vez: “No lo puedo entender.” Lehmann se aferró a la vida durante dos días más; justo antes de morir, se le preguntó: -¿Qu´r fue lo que causó el incendio?

Sólo consiguió contestar una palabra, la última que dijo: “Relámpago… Pero en ese mismo momento un gesto de perplejidad cruzó por su rostro, como si dudara de su propia conclusión.

En total, en el desastre murieron 20 tripulantes, 15 pasajeros y un miembro del personal de tierra; una docena de otras personas resultaron malheridas. Pero, milagrosamente, los otros 97 ocupantes de la aeronave escaparon ilesos.

Los investigadores oficiales se mostraban más perplejos que nadie, a la hora de determinar la causa del holocausto; pero la mayor parte de ellos sostuvo que el incendio se produjo por un fenómeno de carga eléctrica en la atmósfera.

Treinta y cinco años más tarde, el escritor Michael Mac Donald Mooney, en su libro Hindenburg, afirmó que el desastre tuvo un culpable: un miembro de la tripulación, el joven mecánico Eric Spehl. Mooney reveló que Spehl, instigado por su amante, una militante antinazi, colocó una bomba incendiada a bordo del Hindenburg. El artefacto estaba preparado para estallar después de que

la aeronave se hubiese posado en Lakehurst y todos los pasajeros hubieran desembarcado, pero Spehl no pudo prever la demora causada en el aterrizaje por las dificultades que presentaba el clima.

Varios miembros de la tripulación se mostraron inclinados a creer que el incendio fue provocado por un sabotaje, destinado a mellar el prestigio de la Alemania de Hitler.

Antes del desastre, hubo premoniciones o avisos de que éste iba a producirse de manera inminente. El embajador alemán en Washington recibió una carta que le advertía de la existen a de una bomba a bordo de la aeronave; antes de la partida del Hindenburg desde Frankfurt, uno de sus oficiales parece que solicitó permiso para despedirse de su esposa “por última vez”; una vidente advirtió a otro de los oficiales que morirla en el incendio de una aeronave.

Nadie sabe aún si el desastre fue causado por el sabotaje o por una desgracia fortuita; pero una cosa sí es cierta: la desaparición del Hindenburg significó también el final de la más magnífica y suntuosa forma de aeronavegación que el mundo haya conocido.

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