Entrevista a Maria Luisa Bombal

En la literatura de Chile a María Luisa Bombal sólo se la compara con Gabriela Mistral, en la perfección de su trabajo. Logró Bombal una de las más altas expresiones de la escritura en lengua española, según pienso, encontrando en el resto de América sólo semejaza en la obra de Juan Rulfo. Justamente, Bombal y Rulfo indicaron la ruta literaria del siglo XX: el llamado “realismo mágico”. A través de la fusión de lo que es con lo que no es -de lo real con la poesía- se manifiesta su literatura en la esencia misteriosa del mundo, enseñada con expresión tersa, de ceñida transparencia, limpia del frondoso barroquismo de los novelistas anteriores. La suya fue una nueva manera de escribir, con algo de surrealismo y a la vez senda de escape para los impulsos del subconsciente.

La conocí en Buenos Aires, a comienzos de los años setenta; ella retornaba finalmente a Chile luego de una larga permanencia “en países extraños”: había vivido más de treinta años entre Norteamérica y Europa, y se encontraba de paso en Argentina.

-“La juventud me encanta”, es la única frase de Bombal que recuerdo haberle oído aquella vez. Recién llegado a Buenos Aires, caminaba por la Galería del Este cuando ella venía en sentido contrario; los chilenos de mi generación de mediados de los cincuenta la leíamos desde niños, y allí venía, como escapada de uno de sus libros. Entraba en su vejez, el pelo bien negro peinado a lo paje, con más energía de la que ella misma creía. Traía del brazo a un anciano ciego que guiaba con prontitud. Al pasar a su lado la saludé tímidamente. Ella, notándome, con un leve ademán, ordenó que me acercara:

-“Ven y quédate con Georgie mientras entro y compro algo. Vuelvo de inmediato” -dijo, y sin más me colgó literalmente el brazo del hombre ciego mientras desaparecía por la puerta de una tienda. Demoró no demasiado, y debo decir que entonces no supe que el amabilísimo anciano que me dejó acompañando era Jorge Luis Borges. No recuerdo nada de lo que hablamos, pero me parece haber dicho algo que le causó gracia porque lo recuerdo riendo; en todo caso él era de lo más gentil. En lo que la esperábamos nos sentamos en una mesa del Café del Este, donde hablé por primera vez con Borges, sin saber la influencia enorme que con el tiempo tendría en mi vida. Con María Luisa casi no crucé palabra: ella, simplemente, al volver dijo algo cordial, tomó a Borges de la mano y siguieron caminando. El hombre se notaba encantado en su presencia: sólo asentía. Todo lo que representó Bombal para Borges no ha sido suficientemente estudiado y éste no es el sitio para hacerlo, sólo diré que en su vida fue una mujer única que inspiró más de una de sus páginas.

Ahora, pienso, no imaginé que al correr de los años sería honrado con el cultivo asiduo, y en un tiempo no corto, de la amistad de Bombal; resultó que, casi una década después del encuentro fortuito en Buenos Aires, me trasladé a vivir a un edificio a orillas del cerro de Santa Lucía, en Santiago. Allí, con agrado, supe que al cruzar la calle estaba María Luisa, quien vivía provisoriamente en el hogar de su amiga Isabel Velasco; luego se trasladó a su propio departamento en el edificio que enfrenta al teatro “La Comedia”, donde recibía cordial a sus amigos. Era el final de los días de la grande Bombal. Ella se mostraba paradójica y brillante, de lo más humilde que se puede ser; nada la molestaba; se diría que en sus últimos años estaba desde ya resignada a lo que viniera porque nada podría ya ser demasiado.

Al igual que sucedió con Juan Rulfo, el vuelo artístico de su obra la había llevado tan alto que se había quedado sola. Uno en su presencia estaba enfrentado a una mujer en el más alto concepto. Era graciosa, como se espera de una mujer, e ingeniosa: imaginaba divertidas y fenomenales tramas en la vida de quienes la rodeaban, intercalando en la conversación malas palabras chilenas, argentinas y en inglés que decía con la mayor gracia. A su humor, de evidente raíz anglosajona, unía la malicia criolla chilena, utilizando un filo irónico que dolía sin causar daño, sólo en afán de alegría.

La recuerdo preferentemente leyendo; era una gran lectora. En ciertas tardes llegaba a verme. Decía:
-“¡No molestaré en nada! Sólo es que me carga estar sola. Tú sigue haciendo lo tuyo, yo me sentaré a leer y cuando Isabel vuelva de su trabajo me iré”. Jamás osé molestarla. Así la recuerdo: leyendo acomodada en un sofá azul. Al final de su vida estaba ilusionada con la figura de Diego de Almagro; para ella el conquistador de Chile era un héroe romántico que quiso rescatar en su literatura, borroneando una trama en que todo el acontecimiento sucedía la última noche del adelantado: antes del alba, el hombre a punto de morir denunciaba la mítica empresa de las armas de la conquista. Decía Bombal de Diego de Almagro:

-“Era un hombre esencialmente bueno, porque leemos en todos los documentos que hacen referencia a él casi pura acción justa; lo que no quiere decir que fue débil o blando. Todo lo contrario; se nos muestra más recio que el más hombre, uniendo a su vigor la necesaria suavidad. Hizo un país sin saber leer ni escribir. Leer y escribir son una cualidad innecesaria para un conquistador”.

Cuando hablaba de algún proyecto literario, que siempre los tenía, Bombal describía con su mano en el aire la idea, haciendo ademanes que querían rescatar de la nada una visión imprecisa, como situándose fuera del tiempo y las cosas, mirando todo desde un cierto futuro. Solía preguntar entonces: “¿Te puedes imaginar cómo sería la soledad de Diego de Almagro adentrándose en Chile, sin encontrar jamás lo que soñó?”. Para ella la historia de la Conquista es una historia de grandes soledades, infinitamente repetidas. El caso es que Bombal siempre intentaba escribir algo más y nunca dejaba de tener cerca lápiz y papel, aunque para ella fuese una tarea titánica:

-“Yo no sé porqué escribo -decía-. No se puede saber porqué. Poder explicarlo sería como romper la magia; escribir es un aliento de la Tierra, aliento divino, es como un ángel que pasa. Escribir es como el roce del ala de un ángel de Dios que pasa”.

Al igual que Juan Rulfo, Bombal es seriamente cuestionada por su obra reducida, que cabe en un tomo. Sucede que cuando se escribe así es imposible poseer la fecundidad de otros autores; la diferencia entre calidad y cantidad es similar a la diferencia entre el que posee el don y el que no lo posee. Esto es así y nada más. Sin embargo, a diferencia de Rulfo (que lo toma con cierto humor), a Bombal la angustió al final su apagamiento creador. Decía:

“Nací con mis libros adentro, pero estoy impedida de crear más. Me asustó esta vida y es como si hubiera alguien cortado mi expresión; porque si bien escribir es un don natural -el sentimiento es espontáneo- la expresión hay que pulirla, y para mí es algo ahora que no alcanzo; todo es enormemente dificultoso cuando escribo, nada me gusta, y al llegar la tarde sólo rompo lo que pude escribir en el día, y nunca es mucho. En la vida me han aplastado las transacciones, los juicios, los bancos; los tratados me aterran y todo es una transacción. Tal vez por eso ya no peleo contra Dios. Perdí la partida con El; sólo pido piedad. Por eso me encanta lo que he podido escribir, porque es tan poco. Mi estilo es serio y estudiado, aunque sencillo y directo; yo no soy retórica. Me asustó desde siempre la soledad inmensa que envuelve al escritor, no creo que exista oficio más solitario; quizás por eso no escribí más. Me pregunto si alguien verá en la soledad un placer; yo no”.

A los treinta años, Bombal ya era una escritora consagrada internacionalmente, habiendo escrito sobre ella autores como Paul Valéry y Amado Alonso. Su obra desde un comienzo fue traducida a otras lenguas, situándose a partir de 1935 (cuando apareció en Buenos Aires “La última niebla”) como un punto aparte en la literatura hispanoamericana. Es “La última niebla” mezcla frenética de sueño y realidad en el diario de una mujer embrujada de amor, que anota -con extraordinaria sutileza- lo que sus sentidos captan de una realidad presente y a la vez inmaterial: es un diario escrito con la materia de que está hecho el sueño. La niebla, presente como elemento atmosférico y utilizada en varios otros sentidos, envuelve las páginas, a pesar de lo cuál la fisonomía de cada personaje y cosa logra siempre rasgar el gran velo; porque cada cosa también vive, el estanque de agua transparente, un carruaje cruzando el camino entre el follaje, todo tiene su lugar, su propio hálito de alguna manera palpable. Todas las criaturas se mueven con alma, aunque parecen perfectamente irreales. Algunos personajes ni siquiera tienen nombre; aparecen un instante quebrando la niebla, se asoman y pasan. Y todos dejan una huella.

Lo que vive la protagonista ¿es irreal o concreto? Eso no lo sabemos. La frontera entre la vida y la muerte aparece borrada por la niebla. La trama es simple: marcada por un matrimonio infeliz, la mujer que escribe el diario huye del mundo real, rumbo a sí misma, a través de un proceso fantástico que al final la obliga a enfrentar la inexorable pérdida de su juventud. Nada más otorga a toda la novela su movimiento interior. La historia arranca con la heroína casada ese mismo día con un primo, viudo y enamorado de su primera mujer, con el que llega a vivir a una vieja casa de campo:

“La niebla se estrecha, cada día más, contra la casa. Ya hizo desaparecer las araucarias cuyas ramas golpeaban la balaustrada de la terraza. Anoche soñé que, por entre rendijas de las puertas y ventanas, se infiltraba lentamente en la casa, en mi cuarto, y esfumaba el color de las paredes, los contornos de los muebles, y se entrelazaba a mis cabellos…”

La niebla confunde el ensueño y la realidad, llegándose a transmutar el elemento níbleo en soledad infinita, esencialmente femenina; la mujer escribe desde la gran oquedad. Es también la niebla la energía ciega que arranca de raíz las posibilidades humanas, en especial la posibilidad del amor. Cierta noche, por asuntos familiares, el matrimonio va a la ciudad; una ciudad que no tiene nombre ni ubicación geográfica. Es una noche cargada de niebla. Inquieta, la mujer escapa de su marido y camina como poseída, anda por calles y avenidas. Llega a una plaza misteriosa; la luz blanca de un farol que apenas brilla a través de la niebla, alarga su propia silueta y proyecta, de pronto, junto a ella, otra sombra. Y la sombra de un hombre desconocido invade su propia sombra, y se deja llevar por el hombre, que jamás dice una palabra, hasta una casa que nace de la niebla misma. Al cabo de unas horas regresa junto a su marido, “agobiada de felicidad”: a partir de aquella noche se deja envejecer saboreando la dicha de un instante, aguardando la dicha de otro instante.

Así pasa los años: “Me miro al espejo y me veo, definitivamente marcadas bajo los ojos, esas pequeñas arrugas que sólo me afluían, antes, al reír. Mi seno está perdiendo su redondez y consistencia de fruto verde. La carne se me apega a los huesos y ya no parezco delgada, sino angulosa. Pero ¡qué importa! ¡Qué importa que mi cuerpo se marchite, si conoció el amor! Y qué importa que los años pasen, todos iguales. Yo tuve una hermosa aventura, una vez…tan sólo con un recuerdo se puede soportar una larga vida de tedio…

“Hay un ser que no puedo encontrar sin temblar. Lo puedo encontrar hoy, mañana o dentro de diez años. Lo puedo encontrar aquí, al final de una alameda o en la ciudad, al doblar una esquina. Tal vez nunca lo encuentre. No importa; el mundo me parece lleno de posibilidades; en cada minuto hay para mí una espera, cada minuto tiene para mí su emoción…

“Hay mañanas en que me invade una absurda alegría. Tengo el presentimiento de que una felicidad muy grande va a caer sobre mí en el espacio de veinticuatro horas. Me paso el día en una especie de exaltación.” El conflicto rompe en dos a la protagonista: una mitad de ella escribe y la otra mitad busca indefinidamente, produciéndose encuentros plenos de embriaguez inicial que se vuelven puro espejismo, para modelar una vez más la imagen ideal en la niebla, nunca precisa, incompleta, siempre con una expectativa abierta al futuro. Es así como, una tarde, cree ver a su amante fantasma pasar tras la ventanilla de un coche cerrado: “Sucedió éste atardecer, cuando yo me bañaba en el estanque. De costumbre permanezco allí largas horas, el cuerpo y el pensamiento a la deriva. A menudo no queda de mí en la superficie, más que un vago remolino; yo me he hundido en un mundo misterioso donde el tiempo parece detenerse bruscamente, donde la luz pesa como una sustancia fosforescente, donde cada uno de mis movimientos adquiere sabias y felinas lentitudes y yo exploro minuciosamente los repliegues de ese antro de silencio. Recojo extrañas caracolas, cristales que al traer a nuestro elemento se convierten en guijarros negruzcos e informes. Remuevo piedras bajo las cuales duermen o se revuelven miles de criaturas atolondradas y escurridizas. Emergía de aquellas luminosas profundidades cuando divisé a lo lejos, entre la niebla, venir silencioso, como una aparición, un carruaje todo cerrado. Tambaleando penosamente, los caballos se abrían paso entre los árboles y la hojarasca sin provocar el menor ruido.
Sobrecogida me agarré a las ramas de un sauce y no reparando en mi desnudez suspendí medio cuerpo fuera del agua.
El carruaje avanzó lentamente, hasta arrimarse a la orilla opuesta del estanque. Una vez allí, los caballos agacharon el cuello y bebieron, sin abrir un solo círculo en la tersa superficie.
Algo muy grande para mí iba a suceder. Mi corazón y mis nervios lo presentían.
Tras la ventanilla estrecha del carruaje vi, entonces, asomarse e inclinarse, para mirarme, una cabeza de hombre.
Reconocí inmediatamente los ojos claros, el rostro moreno de mi amante.
Quise llamarlo, pero mi impulso se quebró en una especie de grito ronco, indescriptible. No podía llamarlo, no sabía su nombre. El debió ver la angustia pintada en mi semblante, pues, como para tranquilizarme, esbozó a mi intención una sonrisa, un leve ademán de la mano.
El carruaje echó a andar nuevamente y sin darme tan siguiera tiempo para nadar hacia la orilla, se perdió de improviso en el bosque, como si se lo hubiera tragado la niebla.
Sentí un leve golpe azotarme la cadera. Volví mi cara estupefacta. La balsa ligera en que el hijo menor del jardinero se desliza sobre el agua, estaba inmovilizada detrás de mí.
Apretando los brazos contra mi pecho desnudo, le grité frenética:
-¿Lo viste, Andrés, lo viste?
-Sí, señora, lo vi -asintió tranquilamente el muchacho.
-¿Me sonrió, no es verdad, Andrés, me sonrió?
-Sí, señora. Qué pálida está usted. Salga pronto del agua, no se vaya a desmayar -dijo, e imprimió vuelo a su embarcación.
Provisto de una red, continuó barriendo las hojas secas que el otoño recostaba sobre el estanque…”

Diversos acontecimientos pequeños y mágicos envuelven a la heroína, con su visión romántica de las cosas: “Dócilmente, sin desesperación, espero siempre su venida. Después de la cena, bajo al jardín para entreabrir furtivamente una de las persianas del salón. Noche a noche, si él lo desea, podrá verme sentada junto al fuego o leyendo bajo la lámpara. Podrá seguir cada uno de mis movimientos e infiltrarse, a su antojo, en mi intimidad. Yo no tengo secretos para él…
La hora de comida me parece interminable.
Mi único anhelo es estar sola para poder soñar, soñar a mis anchas. ¡Tengo siempre tanto en qué pensar! Ayer tarde, por ejemplo, dejé en suspenso una escena de celos entre mi amante y yo.
Detesto que después de cenar me soliciten para la tradicional partida de naipes. Me gusta sentarme junto al fuego y recogerme para buscar entre las brasas los ojos claros de mi amante. Bruscamente, despuntan como dos estrellas y yo permanezco entonces largo rato sumida en esa luz. Nunca como en esos momentos recuerdo con tanta nitidez la expresión de su mirada.
Hay días en que me acomete un gran cansancio y, vanamente, remuevo las cenizas de mi memoria para hacer saltar la chispa que crea la imagen. Pierdo a mi amante.
Un gran viento me lo devolvió la última vez. Un viento que derrumbó tres nogales e hizo persignarse a mi suegra, lo indujo a llamar a la puerta de la casa. Traía los cabellos revueltos y el cuello del gabán muy subido. Pero yo lo reconocí y me desplomé a sus pies. Entonces él me cargó en sus brazos y me llevó así, desvanecida, en la tarde de viento…Desde aquel día no me ha vuelto a dejar.
El pálido otoño parece haber robado al estío esta ardiente mañana de sol…Busco mi sombrero de paja y no lo hallo. Lo busco primero con calma, luego, con fiebre…porque tengo miedo de hallarlo. Una gran esperanza ha nacido en mí. Suspiro, aliviada, ante la inutilidad de mis esfuerzos. Ya no hay duda posible. Lo olvidé una noche en casa de un desconocido. Una felicidad tan intensa me invade, que debo apoyar mis dos manos sobre el corazón para que no se me escape, liviano como un pájaro. Además de un abrazo, como a todos los amantes, algo nos une para siempre. Algo material, concreto, indestructible: mi sombrero de paja.”

Cierta noche sueña: “Hay una cabeza reclinada sobre mi pecho, una cabeza que minuto a minuto se va haciendo más pesada, más pesada, y que me oprime hasta sofocarme. Despierto. ¿No será acaso un llamado? En una noche como ésta lo encontré…tal vez haya llegado el momento de un segundo encuentro.
Echo un abrigo sobre mis hombros. Mi marido se incorpora, medio dormido.
-¿A dónde vas?
-Me ahogo, necesito caminar…No me mires así: ¿Acaso no he salido otras veces, a esta misma hora?
-¿Tú? ¿Cuándo?
-Una noche que estuvimos en la ciudad.
-¡Estás loca! Debes haber soñado. Nunca ha sucedido algo semejante…
Temblando me aferro a él.
-No necesitas sacudirme. Estoy bien despierto. Nunca, te repito ¡nunca!
Asegurando mi voz, trato de persuadirle:
-Recuerda. Fue una noche de niebla. Cenamos en el gran comedor, a la luz de los candelabros…
-¡Sí y bebimos tanto y tan bien que dormimos toda la noche de un tirón!
-Grito: ¡No! Suplico: ¡Recuerda, recuerda!
Daniel me mira fijamente un segundo, luego me interroga con sorna:
-¿Y en tu paseo encontraste gente aquella noche?
-A un hombre -respondo provocante.
-¿Te habló?
-Sí
-¿Recuerdas su voz?
¿Su voz? ¿Cómo era su voz? No la recuerdo. ¿Por qué no la recuerdo? Palidezco y me siento palidecer. Su voz no la recuerdo…porque no la conozco. Repaso cada minuto de aquella noche extraordinaria. He mentido a Daniel. No es verdad que aquel hombre me haya hablado.
-¿No te habló? Ya vez, era un fantasma…

Esta duda que mi marido me ha infiltrado; esta duda absurda y ¡tan grande! Vivo como con una quemadura dentro del pecho. Daniel tiene razón. Aquella noche bebí mucho, sin darme cuenta, yo que nunca bebo… Pero en el corazón de la ciudad esa plaza que yo no conocía y que existe…¿Pude haberla concebido sólo en sueños?…¿Y mi sombrero de paja? ¿Dónde lo perdí, entonces?”

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